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LA INICIACIÓN CRISTIANA

EL INICIO DEL CAMINO EN LA VIDA CRISTIANA

¿Cómo podemos dejarnos renovar por el Espíritu Santo y crecer en nuestra vida espiritual? La respuesta ya la sabéis: se puede mediante los Sacramentos, porque la fe nace y se robustece en nosotros gracias a los Sacramentos, sobre todos los de iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, que son complementarios e inseparables[1]. Esta verdad sobre los tres sacramentos que están al inicio de nuestro ser cristianos se encuentra quizás desatendida en la vida de fe de no pocos cristianos, para los que estos son gestos del pasado, pero sin repercusión real en la actualidad, como raíces sin savia vital. Resulta que, una vez recibida la Confirmación, muchos jóvenes se alejan de la vida de fe. Y también hay jóvenes que ni siquiera reciben este sacramento. Sin embargo, con los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y después, de modo constante, de la Eucaristía, es como el Espíritu Santo nos hace hijos de Padre, hermanos de Jesús, miembros de su Iglesia, capaces de un verdadero testimonio de Evangelio, beneficiarios de la alegría de la fe.

Os invito por tanto a reflexionar sobre lo que aquí os escribo. Hoy es especialmente importante redescubrir el sacramento de la confirmación y reencontrar su valor para nuestro crecimiento espiritual. Quien ha recibido los sacramentos de Bautismo y de la Confirmación, recuerde que se ha convertido en “templo de Espíritu”: Dios habita en él. Que sea siempre consciente de ello y haga que el tesoro que lleva adentro produzca frutos de santidad. Quien está bautizado, pero no ha recibido aún el sacramento de la Confirmación, que se prepare para recibirlo sabiendo que así se convertirá en un cristiano “pleno”, porque la Confirmación perfecciona la gracia bautismal[2].

La Confirmación nos da una fuerza especial para testimoniar y glorificar a Dios con toda nuestra vida (cf. Rm 12, 1); nos hace íntimamente conscientes de nuestra pertenencia a la Iglesia, “Cuerpo de Cristo”, del cual todos somos miembros vivos, solidarios los unos con los otros (cf. 1Co 12, 12-25). Todo bautizado, dejándose guiar por el Espíritu, puede dar su propia aportación a la edificación de la Iglesia gracias a los carismas que Él nos da, porque “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” (1Co 12,7). Y cuando el Espíritu actúa produce en el alma sus frutos que son “amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de si” (Ga 5,22). A cuantos, jóvenes como vosotros no han recibido la Confirmación, les invito cordialmente a prepararse a recibir este sacramento, pidiendo la ayuda de sus sacerdotes. Es una especial ocasión de gracia que el Señor os ofrece: ¡No la dejéis escapar!

Quisiera añadir aquí una palabra sobre la Eucaristía. Para crecer en la vida cristiana es necesario alimentarse del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En efecto, hemos sido bautizados y confirmados con vistas a la Eucaristía[3]. Como “fuente y culmen” de la vida eclesial, la Eucaristía es un “Pentecostés perpetuo” porque cada vez que celebramos la Santa Misa recibimos el Espíritu Santo que nos une más profundamente a Cristo y nos transforma en Él. Queridos jóvenes si participáis frecuentemente en la Celebración Eucarística, si consagráis de vuestro tiempo a la adoración del Santísimo Sacramento, a la fuente del amor, que es la eucaristía, os llegará esa gozosa determinación de dedicar la vida a seguir las pautas de Evangelio. Al mismo tiempo experimentareis que donde no llegan nuestras fuerzas, el Espíritu Santo nos transforma, nos colma de su fuerza, y nos hace testigos plenos del ardor misionero de Cristo Resucitado.

Benedicto XVI.

 

[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1285

[2] Cf. Ibíd., 13021304

[3] Cf. Ibíd.., 1322; Benedicto XVI. Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 17: AAS: 99 (2007), 118.