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No juzgar a los demás – Reflexión Pbro. Aníbal Hurtado Hurtado

Domingo VIII del Tiempo Ordinario

Lc 6, 39-45

Muy queridos hermanos:

Estamos presenciando un mundo que es duro en juzgar el comportamiento de las personas. Los parámetros que usamos para emitir una opinión o un juicio sobre la conducta humana está viciada por el interés, por los valores de una sociedad de consumo, que lleva a valorar al ser humano por lo que aparenta o por lo que rinde.

Por otro lado, estamos inclinados a ver siempre lo negativo de los otros: sus faltas, su pecado; no nos esforzamos en descubrir sus dones, sus cualidades, sus virtudes, sus cosas buenas. Queremos muchas veces tapar con dedo el sol de las bondades del otro. Buscamos resaltar nuestras cualidades a costa de resaltar los males del semejante.

En el Evangelio de hoy, Jesús instruye a los discípulos con una parábola. Quizás en el ambiente de la comunidad de Lucas persiste la envidia, la división y las rivalidades. Por esta razón, Jesús llama la atención sobre ellos para que no caigan en este tipo de dinámicas que afectan la convivencia y la fraternidad. De allí que el objetivo de la propuesta de Jesús sea la de advertir a los discípulos sobre su tarea de ser seguidores. En efecto, en el seguimiento de Jesús más que ser capaces de ver a los otros, lo más importante es verse a sí mismo. Por eso el discípulo no puede ser más que el maestro, porque debe aprender sin estar por encima de los demás para dominarlos. En este sentido es importante conocerse a sí mismo, mirar en el interior antes que ocuparse de los demás.

Qué difícil es mirar hacia dentro, conocer nuestras propias limitaciones y mirar nuestra conciencia cuando no somos capaces de abandonar nuestros orgullos y prepotencias. Jesús nos invita a mirar con nuevos ojos nuestra vida, a ser coherentes con nuestro discipulado de palabra y de obra, a aprender a ser auténticos seguidores suyos. Jesús nos enseña que en la misión se puede acompañar al otro sin necesidad de ponerse por encima. El seguimiento de Jesús es un proceso de aprendizaje en el cual todos compartimos la misma tarea de ser discípulos.

Recordemos la frase de filósofo romano Séneca: «Tenemos ante nuestros ojos los vicios de los demás, mientras los nuestros están a nuestra espalda».

Señor, permíteme conocerme más, para comprender y amar más a mis hermanos.

Señor, que yo sea un mensajero de la compasión y la misericordia.

Pbro. Aníbal Hurtado Hurtado.

 

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¿Un Laico puede imponer la Ceniza?

Descargar CELEBRACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS CON  IMPOSICIÓN DE LA CENIZA EN LA QUE PRESIDE UN LAICO.   Miercoles de ceniza www

El camino cuaresmal comienza cada año con la celebración del Miércoles de Ceniza, donde renovamos el compromiso de vivir según el Evangelio. Esta celebración la presiden ordinariamente los ministros ordenados a quienes corresponde por la función que tienen en la Iglesia. Sin embargo, no es raro que, por diversas circunstancias, en algunos casos deban designarse laicos para la celebración de este sacramental. Es por ello que he realizado este guión litúrgico, para servir a los laicos en el cumplimiento de este encargo excepcional.

Por el carácter extraordinario de esta celebración del miércoles de ceniza, es importante tener en cuenta algunos elementos:

El laico deberá ser designado para este menester por el párroco o pastor de almas con jurisdicción en el lugar donde se llevará a cabo la celebración. Esta designación debe quedar clara para la asamblea.

Si la asamblea que se va a reunir es muy numerosa, conviene que también se autorice a otros laicos para la imposición de la ceniza.

Es ordinariamente el sacerdote o el diácono quien bendice la ceniza y la entrega a quien a quien(es) ha designado para animar la celebración.

Los laicos no tienen la potestad de bendecir, ni de imponer las manos, ni de predicar en nombre de la Iglesia

Sobre la Celebración

Son unas pautas básicas respecto al desarrollo de la celebración.

  • En la celebración aquí presentada, no se prevé la distribución de la Comunión.
  • El laico puede estar o no estar revestido con el alba. Si es un ministro instituido es preferible que esté revestido.
  • Deberá colocarse un asiento especial para quien va ha presidir la celebración, este estará ubicado en un lugar visible para que desde allí pueda conducirla asamblea en su oración. Si la celebración se lleva a cabo en un templo, no podrá usarse la sede, aún cuando ésta sea móvil, sino que se dispondrá otro asiento diferente en un lugar adecuado.
  • Antes del canto o silencio inicial, o después del saludo del animador, es conveniente que se haga una monición que introduzca toda la celebración. Ésta podrá ser realizada por el animador, pero también por otro laico.
  • En la Celebración de la Palabra pueden utilizarse todas las lecturas con el salmo respectivo y el verso (o canto) antes del Evangelio; o la lectura del Antiguo Testamento con el salmo, el verso (o canto) antes del Evangelio y el Evangelio; o sólo el Evangelio, que puede estar antecedido de un canto que invite a la escucha de la Palabra de Dios. Téngase en cuenta, sin embargo, la importancia de la escucha de la Palabra de Dios en la celebración cristiana y, de manera especial, en el tiempo de cuaresma.
  • Debe recordarse que mientras las lecturas se anuncian, el salmo y el verso antes del evangelio no se anuncian, de ahí que aparezcan en letra diferente su enunciación.
  • En cuaresma está prohibido el canto del Aleluya, por ello debe cantarse el verso antes del Evangelio señalado para este día u otro canto adecuado.
  • En vez de la homilía, que sólo corresponde a un ministro ordenado, puede hacerse una de las lecturas patrísticas propuestas o el mensaje para la cuaresma que el Papa publica cada año, o el mensaje para la cuaresma del obispo de la propia diócesis, u otro texto adecuado que halla sido aprobado por el párroco o sacerdote con jurisdicción en el lugar.
  • Es recomendable que durante la imposición de la ceniza se cante o recite el salmo 50, por su carácter penitencial. Sin embargo, pueden emplearse otros cantos.
  • En la oración común, al finalizarse las preces que se presentan en el guión litúrgico, pueden añadirse intenciones libres. Éstas deben corresponder con el carácter universal de la oración oficial de la Iglesia, más que a intenciones particulares.
  • No es necesario que luego de cada una de las intenciones libres se diga o cante la respuesta de la asamblea. Debe recordarse, sin embargo, que esta respuesta sí ha de hacerse después de cada una de las intenciones propuestas en este guión litúrgico.
  • Lavarse las manos después de la imposición de la ceniza, es, en esta celebración, una necesidad y no un gesto ritual, por lo cual deberá llevarse a cabo con gran sobriedad y, preferiblemente, en privado o en la sacristía, según el caso.
  • La exhortación que finaliza la celebración debe ser de verdad corta y no una catequesis. Luego de esta podrá cantarse, si se considera oportuno, un canto a la santísima Virgen María.

Tomado de https://www.mercaba.org/LITURGIA/Cuaresma/Ceniza/celebracion_con_laico.htm

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MENSAJE DE CUARESMA 2019 PAPA FRANCISCO.

La Santa Sede difundió este martes 26 de febrero el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de este 2019 titiulado “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”, en el que hace un llamado a la conversión mediante el ayuno, la oración y la limosna.

“Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que ‘será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios’. No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales”.

A continuación, el texto completo del mensaje del Papa Francisco:

“La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24).

Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención.

Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca.

Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo.

El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1).

Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.

Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.

Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3).

Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión.

Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.

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RIESGO DE UN DESARROLLO TECNOLÓGICO SIN ÉTICA

El Papa Francisco advirtió este lunes 25 de febrero de los riesgos que entraña un desarrollo tecnológico sin ética, donde se pone al hombre al servicio de la tecnología.

El Santo Padre realizó esta advertencia durante la audiencia que concedió en el Vaticano a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Academia Pontificia para la Vida que tiene lugar hasta el 27 de febrero con el tema “Roboética. Personas, máquinas y salud”.

En su discurso, el Papa llamó la atención sobre la “dramática paradoja” de que “precisamente cuando la humanidad cuenta con la capacidad científica y técnica de lograr un bienestar equitativamente generalizado, según el mandato de Dios, observamos en cambio una exacerbación de los conflictos y un aumento de la desigualdad”.

En este sentido, señaló que “la acumulación de potencialidades que la ciencia y la tecnología nos han brindado no siempre obtienen los resultados deseados”.

“Por un lado, el desarrollo tecnológico nos ha permitido resolver problemas que eran insuperables hasta hace unos años, y estamos agradecidos a los investigadores que han conseguido estos resultados; por otro lado, han surgido dificultades y amenazas, a veces más insidiosas que las anteriores”, señaló.

Además, recordó que “la técnica es característica del ser humano. No debe entenderse como una fuerza ajena y hostil, sino como un producto de su ingenio mediante el cual satisface sus necesidades vitales y las de los demás. Es, por lo tanto, un modo específicamente humano de habitar el mundo”.

Sin embargo, “la evolución actual de la capacidad técnica produce un hechizo peligroso: en lugar de entregar a la vida humana las herramientas que mejoran su cuidado, existe el riesgo de dar vida a la lógica de los dispositivos que deciden su valor”.

“Vemos, desafortunadamente, los graves daños causados al planeta, nuestra casa común, por el uso indiscriminado de medios técnicos”.

Por eso, “la bioética global es un frente importante en el cual comprometerse. Expresa la toma de conciencia del profundo impacto de los factores ambientales y sociales en la salud y la vida”.

Sobre riesgos más concretos, citó, por ejemplo, el recurso al concepto de “inteligencia artificial”, que “puede ser engañosa”.

Ese término oculta el hecho de que “los automatismos funcionales siguen estando cualitativamente distantes de las prerrogativas humanas del saber y del actuar. Y por lo tanto pueden llegar a ser socialmente peligrosos”.

Además, “el riesgo de que el hombre sea ‘tecnologizado’, en lugar de la técnica humanizada, ya es real: a las llamadas ‘máquinas inteligentes’ se atribuyen apresuradamente las capacidades que son propiamente humanas”.

“Necesitamos entender mejor qué significan, en este contexto, la inteligencia, la conciencia, la emocionalidad, la intencionalidad afectiva y la autonomía de la acción moral. Los dispositivos artificiales que simulan las capacidades humanas, en realidad, carecen de calidad humana. Hay que tenerlo en cuenta para orientar su regulación de uso y la investigación misma, hacia una interacción constructiva y equitativa entre los seres humanos y las últimas versiones de las máquinas”.

Por último, advirtió también las graves cuestiones éticas que plantean “las tecnologías para la manipulación del patrimonio genético y de las funciones cerebrales”.

 

Tomado el día 26 de febrero de la página web Católica Aciprensa

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… PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA.

El «Gran Hallel» Salmo 136 (135)

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero meditar con vosotros un Salmo que resume toda la historia de la salvación testimoniada en el Antiguo Testamento. Se trata de un gran himno de alabanza que celebra al Señor en las múltiples y repetidas manifestaciones de su bondad a lo largo de la historia de los hombres; es el Salmo 136, o 135 según la tradición greco-latina.

Este Salmo, solemne oración de acción de gracias, conocido como el «Gran Hallel», se canta tradicionalmente al final de la cena pascual judía y probablemente también Jesús lo rezó en la última Pascua celebrada con los discípulos; a ello, en efecto, parece aludir la anotación de los evangelistas: «Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos» (cf. Mt 26, 30; Mc 14, 26). El horizonte de la alabanza ilumina el difícil camino del Calvario. Todo el Salmo 136 se desarrolla en forma de letanía, ritmado por la repetición antifonal «porque es eterna su misericordia». A lo largo de la composición, se enumeran los numerosos prodigios de Dios en la historia de los hombres y sus continuas intervenciones a favor de su pueblo; y a cada proclamación de la acción salvífica del Señor responde la antífona con la motivación fundamental de la alabanza: el amor eterno de Dios, un amor que, según el término judío utilizado, implica fidelidad, misericordia, bondad, gracia, ternura. Este es el motivo unificador de todo el Salmo, repetido siempre de la misma forma, mientras cambian sus manifestaciones puntuales y paradigmáticas: la creación, la liberación del éxodo, el don de la tierra, la ayuda providente y constante del Señor a su pueblo y a toda criatura.

Después de una triple invitación a la acción de gracias al Dios soberano (vv. 1-3), se celebra al Señor como Aquel que realiza «grandes maravillas» (v. 4), la primera de las cuales es la creación: el cielo, la tierra, los astros (vv. 5-9). El mundo creado no es un simple escenario en el que se inserta la acción salvífica de Dios, sino que es el comienzo mismo de esa acción maravillosa. Con la creación, el Señor se manifiesta en toda su bondad y belleza, se compromete con la vida, revelando una voluntad de bien de la que brota cada una de las demás acciones de salvación. Y en nuestro Salmo, aludiendo al primer capítulo del Génesis, el mundo creado está sintetizado en sus elementos principales, insistiendo en especial sobre los astros, el sol, la luna, las estrellas, criaturas magníficas que gobiernan el día y la noche. Aquí no se habla de la creación del ser humano, pero él está siempre presente; el sol y la luna son para él —para el hombre—, para regular el tiempo del hombre, poniéndolo en relación con el Creador sobre todo a través de la indicación de los tiempos litúrgicos.

A continuación se menciona precisamente la fiesta de la Pascua, cuando, pasando a la manifestación de Dios en la historia, comienza el gran acontecimiento de la liberación de la esclavitud de Egipto, del éxodo, trazado en sus elementos más significativos: la liberación de Egipto con la plaga de los primogénitos egipcios, la salida de Egipto, el paso del mar Rojo, el camino por el desierto hasta la entrada en la tierra prometida (vv. 10-20). Estamos en el momento originario de la historia de Israel. Dios intervino poderosamente para llevar a su pueblo a la libertad; a través de Moisés, su enviado, se impuso al faraón revelándose en toda su grandeza y, al final, venció la resistencia de los egipcios con el terrible flagelo de la muerte de los primogénitos. Así Israel pudo dejar el país de la esclavitud, con el oro de sus opresores (cf. Ex 12, 35-36), «triunfantes» (Ex 14, 8), con el signo exultante de la victoria. También en el mar Rojo el Señor obra con poder misericordioso. Ante un Israel asustado al verse perseguido por los egipcios, hasta el punto de lamentarse por haber abandonado Egipto (cf. Ex 14, 10-12), Dios, como dice nuestro Salmo, «dividió en dos partes el mar Rojo […] y condujo por en medio a Israel […]. Arrojó al faraón y a su ejército» (vv. 13-15). La imagen del mar Rojo «dividido» en dos parece evocar la idea del mar como un gran monstruo al que se corta en dos partes y de esta forma se vuelve inofensivo. El poder del Señor vence la peligrosidad de las fuerzas de la naturaleza y de las fuerzas militares puestas en acción por los hombres: el mar, que parecía obstruir el camino al pueblo de Dios, deja pasar a Israel a la zona seca y luego se cierra sobre los egipcios, arrollándolos. «La mano fuerte y el brazo extendido» del Señor (cf. Dt 5, 15; 7, 19; 26, 8) se muestran de este modo con toda su fuerza salvífica: el opresor injusto queda vencido, tragado por las aguas, mientras que el pueblo de Dios «pasa en medio» para seguir su camino hacia la libertad.

A este camino hace referencia ahora nuestro Salmo recordando con una frase brevísima el largo peregrinar de Israel hacia la tierra prometida: «Guió por el desierto a su pueblo, porque es eterna su misericordia» (v. 16). Estas pocas palabras encierran una experiencia de cuarenta años, un tiempo decisivo para Israel que, dejándose guiar por el Señor, aprende a vivir de fe, en la obediencia y en la docilidad a la ley de Dios. Son años difíciles, marcados por la dureza de la vida en el desierto, pero también años felices, de familiaridad con el Señor, de confianza filial; es el tiempo de la «juventud», como lo define el profeta Jeremías hablando a Israel, en nombre del Señor, con expresiones llenas de ternura y de nostalgia: «Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia, cuando ibas tras de mí por el desierto, por tierra que nadie siembra» (Jr 2, 2). El Señor, como el pastor del Salmo 23 que contemplamos en una catequesis, durante cuarenta años guió a su pueblo, lo educó y amó, conduciéndolo hasta la tierra prometida, venciendo también las resistencias y la hostilidad de pueblos enemigos que querían obstaculizar su camino de salvación (cf. vv. 17-20).

En la enumeración que hace nuestro Salmo de las «grandes maravillas» se llega así al momento del don conclusivo, a la realización de la promesa divina hecha a los Padres: «Les dio su tierra en heredad, porque es eterna su misericordia; en heredad a Israel su siervo, porque es eterna su misericordia» (vv. 21-22). En la celebración del amor eterno del Señor, ahora se hace memoria del don de la tierra, un don que el pueblo debe recibir sin posesionarse nunca de ella, viviendo continuamente en una actitud de acogida agradecida y grata. Israel recibe el territorio donde habitar como «herencia», un término que designa de modo genérico la posesión de un bien recibido de otro, un derecho de propiedad que, de modo específico, hace referencia al patrimonio paterno. Una de las prerrogativas de Dios es la de «donar»; y ahora, al final del camino del éxodo, Israel, destinatario del don, como un hijo, entra en el país de la promesa realizada. Se acabó el tiempo del vagabundeo, bajo las tiendas, en una vida marcada por la precariedad. Ahora ha comenzado el tiempo feliz de la estabilidad, de la alegría de construir las casas, de plantar los viñedos, de vivir en la seguridad (cf. Dt 8, 7-13). Pero también es el tiempo de la tentación idolátrica, de la contaminación con los paganos, de la autosuficiencia que hace olvidar el Origen del don. Por ello el Salmista menciona la humillación y los enemigos, una realidad de muerte en la que el Señor, una vez más, se revela como Salvador: «En nuestra humillación, se acordó de nosotros: porque es eterna su misericordia. Y nos libró de nuestros opresores: porque es eterna su misericordia» (vv. 23-24).

Aquí surge la pregunta: ¿cómo podemos hacer de este Salmo nuestra oración?, ¿cómo podemos apropiarnos de este Salmo para nuestra oración? Es importante el marco del Salmo, el comienzo y el final: es la creación. Volveremos sobre este punto: la creación como el gran don de Dios del cual vivimos, en el cual él se revela en su bondad y grandeza. Por lo tanto, tener presente la creación como don de Dios es un punto común para todos nosotros. Luego sigue la historia de la salvación. Naturalmente nosotros podemos decir: esta liberación de Egipto, el tiempo del desierto, la entrada en la Tierra Santa y luego los demás problemas, están muy distantes de nosotros, no son nuestra historia. Pero debemos estar atentos a la estructura fundamental de esta oración. La estructura fundamental es que Israel se acuerda de la bondad del Señor. En esta historia hay muchos valles oscuros, hay muchos momentos de dificultad y de muerte, pero Israel se acuerda de que Dios era bueno y puede sobrevivir en este valle oscuro, en este valle de muerte, porque se acuerda. Tiene la memoria de la bondad del Señor, de su poder; su misericordia es eterna. Y también para nosotros es importante acordarnos de la bondad del Señor. La memoria se convierte en fuerza de la esperanza. La memoria nos dice: Dios existe, Dios es bueno, su misericordia es eterna. De este modo, incluso en la oscuridad de un día, de un tiempo, la memoria abre el camino hacia el futuro: es luz y estrella que nos guía. También nosotros recordamos el bien, el amor misericordioso y eterno de Dios. La historia de Israel ya es una memoria también para nosotros: cómo se manifestó Dios, cómo se creó su pueblo. Luego Dios se hizo hombre, uno de nosotros: vivió con nosotros, sufrió con nosotros, murió por nosotros. Permanece con nosotros en el Sacramento y en la Palabra. Es una historia, una memoria de la bondad de Dios que nos asegura su bondad: su misericordia es eterna. Luego también en estos dos mil años de la historia de la Iglesia está siempre, de nuevo, la bondad del Señor. Después del período oscuro de la persecución nazi y comunista, Dios nos ha liberado, ha mostrado que es bueno, que tiene fuerza, que su misericordia es eterna. Y, del mismo modo que en la historia común, colectiva, está presente esta memoria de la bondad de Dios, nos ayuda y se convierte en estrella de la esperanza, así también cada uno tiene su historia personal de salvación, y debemos considerar realmente esta historia, tener siempre presente la memoria de las grandes maravillas que ha hecho también en mi vida, para tener confianza: su misericordia es eterna. Y si hoy me encuentro en la noche oscura, mañana él me libra porque su misericordia es eterna.

Volvamos al Salmo porque, al final, se refiere de nuevo a la creación. El Señor —dice así— «da alimento a todo viviente, porque es eterna su misericordia» (v. 25). La oración del Salmo concluye con una invitación a la alabanza: «Dad gracias al Dios del cielo, porque es eterna su misericordia» (v. 26). El Señor es Padre bueno y providente, que da la herencia a sus hijos y proporciona a todos el alimento para vivir. El Dios que creó los cielos y la tierra y las grandes luces celestiales, que entra en la historia de los hombres para llevar a la salvación a todos sus hijos, es el Dios que colma el universo con su presencia de bien cuidando de la vida y donando pan. El poder invisible del Creador y Señor, cantado en el Salmo, se revela en la pequeña visibilidad del pan que nos da, con el cual nos hace vivir. Así, este pan de cada día simboliza y sintetiza el amor de Dios como Padre, y nos abre a la plenitud neotestamentaria, a aquel «pan de vida», la Eucaristía, que nos acompaña en nuestra vida de creyentes, anticipando la alegría definitiva del banquete mesiánico en el cielo.

Hermanos y hermanas, la alabanza y bendición del Salmo 136 nos ha hecho recorrer las etapas más importantes de la historia de la salvación, hasta llegar al misterio pascual, donde la acción salvífica de Dios alcanza su culmen. Con gozo agradecido celebremos, por lo tanto, al Creador, Salvador y Padre fiel, que «tanto amó al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios se hace hombre para dar la vida, para la salvación de cada uno de nosotros, y se dona como pan en el misterio eucarístico para hacernos entrar en su alianza que nos hace hijos. A tanto llega la bondad misericordiosa de Dios y la sublimidad de su «amor para siempre».

Por ello, quiero concluir esta catequesis haciendo mías las palabras que san Juan escribe en su Primera Carta y que deberíamos tener presentes siempre en nuestra oración: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1). Gracias.

Plaza de San Pedro
Miércoles 19 de octubre de 2011

Benedicto XVI

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HOMILÍA. VIERNES DE LA IV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO – Pbro. Joaquín Eduardo Cortés Tabares PSS.

Después de que los Doce hubieran partido para la misión, el evangelista –abandonando casi su estilo habitual, colorido pero esencial-, propone una pausa de reflexión. Se detiene en el trágico final del Bautista y sugiere que anunciar la Buena Noticia es algo exaltante, pero también comprometedor y, sobre todo, que puede ser arriesgado. En la misión hay que poner en juego toda la persona, como hizo Juan el Bautista.

El fragmento empieza con la opinión que tiene la gente sobre Jesús. Se le valora de una manera positiva. Hay quien dice incluso que es Juan el Bautista, que ha resucitado. El precursor sella con la fidelidad suprema –el martirio-, una vida dispensada completamente por Jesús. La muerte del Bautista tiene un valor paradigmático para todos los que a lo largo de los siglos necesitan un punto de referencia para encontrar fuerza y coraje a la hora de arriesgarlo todo, incluso la vida, para ser fieles a sus ideales y a la Persona a la que ha dedicado su vida. La persona de Juan fascina porque está fuera de lo común. El suyo fue un papel difícil, sin modelos precedentes y sin modelos posteriores. Nos sorprende favorablemente su capacidad para estar siempre del lado de Jesús, cueste lo que cueste. Sí, necesitamos “hombres verdaderos” que nos atraigan con la fascinación de su persona, dejando una enseñanza que supere el paso de los siglos para llegar a nosotros con su fuerza y su belleza.

Figuras como la de Juan nos sirven para desintoxicarnos del veneno cotidiano que nos inyectan los medios de comunicación al proponernos héroes para un día o incluso sólo para una hora. Son como tantas Salomés para las que casi al mismo tiempo se encienden y se apagan las luces de las candilejas. Los cristianos tenemos la tarea de conocer y vivir los valores perennes del Evangelio, de mirar a Cristo y a las personas que, como Juan el Bautista, fueron capaces de imitarle hasta la entrega de su vida. No buscaron la fama. La verdadera fama les llegó por una fidelidad genuina e imperecedera, que les convirtió en modelos perennes. Desbordan de admiración y su autoridad ha alcanzado un precio muy alto. Son los santos de ayer y de hoy. Son eso que también nosotros podemos y debemos llegar a ser, por la santidad, que es la vocación común de todo cristiano.

Hemos escuchado tres perversidades igualmente impías: la impía celebración del cumpleaños, el lascivo baile de la muchacha, el temerario juramento del rey, y de cada una de las tres debemos aprender a no comportarnos de ese modo. Bajo esa condena cae Herodes, porque o debía perjurar o bien, para evitar el perjurio, debía cometer otro delito. Ahora bien, también nosotros juramos en alguna ocasión de una manera demasiado incauta, de suerte que la observancia del juramento nos lleva a un resultado peor: Cambiemos libremente el juramento con una decisión más sensata y, si es necesario, perjuremos antes que caer en un delito más grave para evitar el perjurio.

No dejemos que el temor llegue a opacar nuestras convicciones; defendamos a toda costa nuestras condiciones de bautizados, para que a una sola voz proclamemos que Jesús está vivo y nos sigue animando para tomar nuestra propia cruz y seguirlo sin ningún tipo de restricciones, en el hecho de darse, de gastarse día a día por el otro, porque “la vida, afirma el Papa Francisco, tiene valor sólo al darla, al darla en el amor, en la verdad, al donarla a otros, en la vida diaria, en la familia. Si alguno toma su vida para sí mismo, para cuidarla, como el rey en su corrupción o la señora con el odio o la chica con su vanidad, la vida muere, la vida termina marchita, no sirve”, concluye el Papa.

Pidámosle al Señor qué a ejemplo de san Juan Bautista, amemos siempre la verdad y la justicia, y con la confianza puesta en Él, seamos capaces de enfrentar las dificultades de la vida, pues su amor ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado.

Pbro. Joaquín Eduardo Cortés Tabares PSS.

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La culpa y el seguimiento de Jesús. V Domingo T.O Ciclo c

Dicen que cuando uno conoce a una persona, es muy importante la primera impresión. Pues  la primera impresión que todo ser humano se lleva ante Dios es su santidad. Esta característica en Isaías es manifestada en el humo del templo y  la majestuosidad de los serafines, y en el evangelio es manifestada en la pesca milagrosa después de una noche de trabajo inútil.

Esta primera impresión de Dios genera siempre en nosotros un sentimiento de culpa. Tanto en el llamado del profeta Isaías como en del apóstol Pedro, podemos percibir el sentimiento de culpa ante Dios. ¡ay de mí estoy perdido pues soy un hombre de labios impuros! (Is 6,5) y “Aléjate de mi Señor que soy un pecador” (Lc 5,8).

El sentimiento de culpa es una experiencia profundamente humana. Todos alguna vez hemos sentido que hemos fallado en algo. Sabemos que es lo bueno, pero terminamos haciendo nuevamente el mal, y es ahí cuando viene esa sensación de vergüenza, de sentirse indigno. La Culpa es una realidad natural y profundamente humana. El problema radica en como afrontamos ese sentimiento.

El creyente sabe que no puede obsesionarse con su culpa, hasta volverse escrupuloso. Creer que se es un pecador, “confesarse día de por medio”, y autocondenarse hasta tal punto de caer en la tentación más peligrosa que es dudar del amor de Dios y cansarse de pedirle perdón.

El creyente tampoco puede vivir su vida, reprimiendo ese sentimiento de culpa. No puede sentirse orgulloso diciendo “no tengo nada de que arrepentirme”. Nos dice el papa Francisco que “sin acusarse a sí mismo no se puede caminar en la vida cristiana”. Porque cuando no nos acusamos a nosotros mismos empezamos a juzgar a los demás y a no comprender sus fragilidades.

La Palabra, nos invita hoy, a que siguiendo el ejemplo de Pedro, pongamos nuestras culpas ante Dios. Pedro y los primeros discípulos no sólo estaban cansados por su trabajo, por haber bregado toda la noche intentando pescar, sino que llevaban sobre sus hombros el peso de su pecado. Y es que en nuestra vida lo que nos quita las fuerzas no es solo madrugar o trabajar todo el día en medio del calor, lo que nos cansa es nuestro pecado, el cargar con nuestros errores, con nuestra forma de ser, la lucha por ser mejores.

Jesús nos dice “vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los haré descansar”. Pero para esto es necesario reconocer nuestros pecados, darles nombre, y confiar en la misericordia de un Dios. El Señor no es un Juez implacable que busca ajustar cuentas, sino un padre de amor que nos dice no temas, desde ahora te haré pescador de hombres”

El cristiano que se ha encontrado con Jesús y ha sido perdonado no puede más que dejarlo todo, y seguirlo, buscando que también otros puedan tener esta experiencia. La imagen del pescador que usa el evangelio, es quizá para nuestra cultura un poco incomprensible, pues quien pesca lo hace en provecho propio y causando la muerte de los peces, sin embargo para la época el mar era símbolo de la muerte, por lo que ser pescado significaba ser rescatado. Hoy se podría decir que Dios nos llama a ser salvavidas de nuestros hermanos que sufren por el pecado y el peso de la culpa. Que Dios nos de la gracia de responderle con la prontitud de Isaías “Aquí estoy envíame”

 

Imagen disponible en Periódico de México

 http://elperiodicodemexico.com/nota_impresion.php?id=866237

 

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Profetas para nuestra Tierra. IV Domingo del T.O. Ciclo C

IV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Dios se hace presente en nuestra vida y en la historia de nuestro pueblo de muchas maneras pero hoy la Iglesia nos presenta una forma especial por la que el Señor se manifiesta entre nosotros y es a través de la figura del PROFETA. Que implica ser profeta? Qué criterios nos permiten saber cuál es el verdadero profeta?

 

  1. El profeta NO se autoproclama como tal, sabe que su profecía no viene de su capacidad para “cantar la tabla” al que sea, sino que es un llamado que proviene de Dios desde el vientre materno, como escuchábamos “antes que tu nacieras te había consagrado yo profeta” (Jr 1,5). El profeta no lo es por mérito propio, no es porque  “no tenga pelos en la lengua” sino porque Dios ha puesto esa vocación desde los albores de su existencia.

 

  1. El profeta NO se apoya en si mismo sino en la palabra de Dios. Jeremías se sentía incapaz de ser portavoz de Dios por la inexperiencia de sus juventud, no tenía liderazgo, ni elocuencia, ni influencias sociales o políticas, no obstante abrió su vida al Dios que manifiesta su poder en la debilidad, en la pequeñez y la simplicidad y el Señor hizo de el plaza fuerte, columna de hierro y muralla de bronce frente a toda la tierra. Nos cuesta mucho reconocer a un Dios cercano y cotidiano, que se vale de lo insignificante para hacerse presente, esto fue lo que le sucedió a los vecinos de Jesús, ¿no es este el hijo de José? los de Nazaret no creían que un joven carpintero que creció en medio de ellos fuera el mesías de Israel.

 

  1. El profeta NO es quien predice el futuro, no es un adivino ni un vidente. Mucho menos alguien que augura desgracias, o calamidades como si fuera el fin del mundo. La Biblia para designar al profeta utiliza la palabra nabi, es decir “el que anuncia” la salvación. Jesús el profeta por excelencia, sabía que su misión era anunciar la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Ese es el mensaje de todo profeta, lejos de nosotros los predicadores de la ira de Dios, como dice el Papa Francisco: los pesimistas quejosos que viven con cara de vinagre. No confundamos la queja repetitiva, el inconformismo estéril del que nada le gusta, con el auténtico profeta que en medio de las contrariedades tiene una palabra de esperanza.

 

  1. El profeta NO busca aplausos, no quiere la aprobación de los hombres. Su palabra no es como la de un político que dice lo que la gente quiere oír, o la de un medio de comunicación que busca raiting, audiencia o seguidores en las redes sociales. La palabra del profeta es la que indica el camino acertado aunque parezca anormal o no esté de moda. Así como anuncia, está llamado a denunciar, a señalar con misericordia y firmeza los errores e injusticias de su entorno. Porque los errores son errores y no hay que maquillarlos (Papa Francisco). En este punto, es pertinente decir que a nosotros como cristianos católicos nos ha faltado mas profetismo. No podemos escudarnos en la neutralidad de la Iglesia, o en una prudencia, porque hay situaciones en las que callar es legitimar injusticias o realidades que atentan contra el plan de Dios.

 

  1. En este sentido, el profeta NO es alguien que espera comodidades o seguridades humanas, sino que por el contrario sabe que su destino es la persecución. Esta realidad la percibimos claramente en el evangelio de Lucas, el pueblo en tan solo unos instantes pasa de la admiración a la cólera e incluso el deseo de matar a Jesús. Quien asume con fidelidad la tarea de ser profeta de Dios, y voz de los que no tienen voz, los pobres, los marginados, los niños no nacidos, los emigrantes, los campesinos, etc, sabe que tiene una cita con la persecución y con la muerte.

Quisiera que recordáramos que como bautizados todos estamos llamados a ser profetas. Debemos todos ser profetas en nuestras familias, nuestros trabajos, nuestras comunidades y sectores, para que así la verdad de Dios que es la libertad brille en toda nuestra sociedad. Muchas veces oramos para que Dios nos envíe sacerdotes para su Iglesia, que bueno que en esta ocasion oráramos para que el Señor suscite en medio de nuestra comunidad profetas valientes y fieles a Dios, que nos indiquen el camino

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EUROPA CAMPEON. Finaliza Torneo de Baketball en nuestro Seminario

22 de noviembre de 2018.

Hoy,  finalizó en nuestro Seminario el Torneo de Basketball, donde 6 equipos, correspondientes a 6 continentes (África, Asia, América, Oceanía, Europa y Antártida) participaron en este espacio, que busca promover, por medio de la competencia y el deporte, la fraternidad, el encuentro y la formación humana en los jóvenes que caminan hacia el sacerdocio, así como también ser una motivación misionera que fortalezca el deseo de cumplir el mandato de Jesús: Id por todo el mundo y proclamad el evangelio.

El Papa Francisco nos invita

“a seguir promoviendo el deporte como ejercicio de la práctica de la virtud que ayuda en el crecimiento integral de los seres humanos y en el desarrollo de las comunidades, con la certidumbre de que el deporte no es sólo una forma de entretenimiento, sino sobre todo un instrumento para construir una cultura del encuentro, de la fraternidad y de la solidaridad, camino seguro para la construcción de un mundo más justo y pacífico”.