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¿Tenemos de verdad la preocupación de que nuestros niños reciban la Confirmación?

Walter Julián Santana Sanabria.  II de teología. Seminario Mayor de Pereira. 17 de noviembre de 2018

Imagen: Aciprensa

 

La confirmación infunde en quien la recibe, el Espíritu Santo, cuya acción impregna a toda la persona y toda la vida. La confirmación nos concede los siete dones del Espíritu para vivir como verdaderos cristianos,  conduce a su realización nuestro vínculo con la Iglesia; nos da una fuerza especial para difundir y defender  la fe, para confesar el nombre de Cristo y para no avergonzarnos nunca de su cruz. Bastaría reconocer estas gracias para descubrir lo valioso de este sacramento, no obstante vemos que la confirmación es vista por muchos bautizados, como un rito innecesario, carente de sentido o en el mejor de los casos como un requisito jurídico para contraer matrimonio.

El Papa Francisco, cuestiona esta realidad de forma contundente: ¿Tenemos de verdad la preocupación de que nuestros niños reciban la confirmación?

En este sentido la Iglesia presenta, frente al sacramento de la confirmación, su preparación, su sentido y su recepción fructífera, los siguientes desafíos:

  • Superar la concepción del bautismo como un rito estático que garantiza la salvación. Si bien el catecismo afirma que el bautismo es “necesario para la salvación” ( CEC 1257) éste no debe entenderse estáticamente, como una boleta de ingreso directo a la salvación. El Bautismo es salvador en cuanto es un germen de Dios en nosotros, en cuanto a realidad dinámica que se va acrecentando con los demás sacramentos, y me va salvando en la medida en que me va configurando con Dios. En este sentido, la confirmación se entendería como también un sacramento salvador en cuanto “plenitud” del Bautismo. (CEC1285)

  • Redescubrir la iniciación cristiana, como un camino para el encuentro con Dios, en el que los sacramentos del bautismo, la confirmación y la eucaristía constituyen momentos salvíficos para quien así los vive. Si bien estos 3 sacramentos se pueden distinguir teológicamente, no se pueden separar en la vida cristiana.

 

  • Presentar la confirmación con un nuevo lenguaje que permita a los jóvenes adentrarse en su razón de ser, en la gracia que concede y el compromiso que se asume. La adolescencia, que es la edad en donde nuestro contexto eclesial posibilita la recepción de este sacramento, es una etapa de rupturas que puede generar, por los cambios psicológicos y generacionales, cierta aversión a la fe, por lo que es preciso fortalecer la evangelización y la transmisión de la fe en los jóvenes, para que este sacramento no sea visto por ellos como una imposición de la tradición, o una ceremonia sin trascendencia, sino un estilo de vida radical en torno a la opción de seguir a Jesús en la comunidad de la Iglesia.

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Conociendo la Biblia en Familia. Catequesis familiares.

Dios en su infinito amor, quiso revelarse al hombre de diversas maneras, en diferentes momentos y de una forma progresiva, siendo el culmen de esta Revelación la Persona de Jesús, en quien Dios dijo a la humanidad todo lo que tenía por decirle, en consecuencia, como se expresa en la Dei Verbum No 2, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía.

La revelación de Dios, se ha ido transmitiendo de generación en generación, primero en forma oral y luego escrita, es así como las Sagradas Escrituras, se convierten en la fuente principal donde se puede descubrir todo lo que Dios ha manifestado al hombre con un solo objetivo: “AMARLO”. Es por eso que las Sagradas Escrituras, se convierten en un elemento fundamental de la vida del cristiano, que junto a la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, lo guía en el peregrinar hacia la Patria Celestial.

Teniendo en cuenta la importancia de las Sagradas Escrituras, se ha querido elaborar esta cartilla con 12 temas de conocimiento general sobre la Biblia y orientado hacia un trabajo en familia. El lenguaje es sencillo y asequible, con talleres de profundización y con información recolectada de diversos autores
expertos en el tema. El objetivo es presentar una propuesta de estudio en familia sobre las Sagradas Escrituras, que los han de llevar a un mayor interés por conocer más, pero sobre todo a vivir como Dios quiere y como lo exige nuestra fe.

Que esta serie de catequesis pueda ser una herramienta útil, para todos aquellos que sientan el deseo por conocer más sobre la inagotable riqueza de la Palabra de Dios, hecha carne en Cristo Nuestro Señor.

Hno. Harvison Leandro Pérez. 

Misionero Contemplativo Javeriano Ad- gentes

LA BIBLIA EN FAMILIA (DESCARGAR)

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Ángelus. Solemnidad de todos los Santos

“Hoy estos hermanos y hermanas nuestros no nos piden que oigamos de nuevo un hermoso Evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que nos pongamos en el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir cada día este camino que nos lleva al cielo, a la familia, a la casa”, lo dijo el Papa Francisco en su alocución antes de rezar la oración mariana del Ángelus de este jueves, 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos.

En comunión con los Santos

El Santo Padre comentando la primera lectura de hoy, tomada del Libro del Apocalipsis (7,9), dijo que esta, nos habla del cielo y nos pone ante “una multitud inmensa”, incalculable, “de toda nación, tribu, pueblo y lengua”. Ellos son los santos, afirmó el Papa, y ¿qué hacen allá arriba? Cantan juntos, alaban a Dios con alegría. Sería hermoso escuchar sus cantos…. Pero podemos imaginarnos: ¿saben cuándo? Durante la Misa, cuando cantamos “Santo, santo, santo el Señor Dios del universo…”. Es un himno – dice la Biblia – que viene del cielo, que se canta allí (cf. Is 6,3; Ap 4,8). Así, pues, cantando el “Santo”, no sólo pensamos en los santos, sino que hacemos lo que ellos hacen: en ese momento, en la Misa, estamos más unidos a ellos que nunca.

Y estamos unidos a todos los santos, agregó el Papa Francisco, no sólo a los más conocidos, en el calendario, sino también con aquellos “de la puerta de al lado”, con nuestros familiares y conocidos que ahora forman parte de esa inmensa multitud. “Hoy es una fiesta de familia. Los santos están cerca de nosotros, es más, son nuestros verdaderos hermanos y hermanas. Nos entienden, nos aman, saben cuál es nuestro verdadero bien, nos ayudan y nos esperan. Son felices y quieren que seamos felices con ellos en el paraíso”.

La mentalidad del mundo contra el Evangelio

Estos hermanos y hermanas, los Santos, señaló el Santo Padre, nos invitan al camino de la felicidad, indicado en el Evangelio de hoy, tan bello y conocido: “Bienaventurados los pobres de espíritu […] Bienaventurados los humildes […] Bienaventurados los puros de corazón […]”. Pero, ¿qué es eso? El Evangelio dice bienaventurados los pobres, mientras que el mundo dice bienaventurados los ricos. El Evangelio dice bienaventurados los humildes, mientras que el mundo dice bienaventurados los poderosos. El Evangelio dice bienaventurados los puros, mientras que el mundo dice bienaventurados los astutos y los hedonistas. Este camino de las bienaventuranzas, de la santidad – precisó el Pontífice – parece conducir a la derrota. Sin embargo – nos recuerda de nuevo la primera Lectura – los santos tienen “ramas de palma en sus manos”, es decir, los símbolos de la victoria. Ellos han vencido, no el mundo. Y nos exhortan a elegir su parte, la de Dios que es santo.

Los Santos nos “alientan” que elijamos a Dios

Por ello es necesario que nos preguntémonos de que parte estamos, indicó el Papa Francisco: ¿el del cielo o el de la tierra? ¿Vivimos para el Señor o para nosotros mismos, para la felicidad eterna o para alguna satisfacción ahora? Preguntémonos: ¿realmente queremos la santidad? ¿O nos contentamos con ser cristianos sin vergüenza y sin alabanza, que creen en Dios y estiman al prójimo pero sin exagerar? El Señor “pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados”. Es decir, santidad o nada. Es bueno que nos dejemos provocar por los santos, que aquí no han tenido medias tintas y desde allá nos “alientan”, para que elijamos a Dios, la humildad, la mansedumbre, la misericordia, la pureza, para que nos apasionemos por el cielo en vez que la tierra.

Los Santos nos invitan a ir por la vía de las Bienaventuranzas

Hoy estos hermanos y hermanas nuestros, agregó el Papa Francisco, no nos piden que oigamos de nuevo un hermoso Evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que nos pongamos en el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir cada día este camino que nos lleva al cielo, a la familia, a la casa. Hoy, por lo tanto, vislumbremos nuestro futuro y celebremos para lo que hemos nacido: ¡nacimos para no morir nunca más, nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y a quien sigue el camino de las bienaventuranzas, dice: “Alégrense y regocíjense, porque vuestra recompensa en el cielo es grande” (Mt 5,12). Que la Madre de Dios, Reina de los Santos, concluyó el Papa, nos ayude a recorrer con decisión el camino de la santidad; Ella, que es la Puerta del Cielo, introduzca a nuestros queridos difuntos en la familia celestial.

Tomado de Radio Vaticano.

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Hasta la muerte y muerte de cruz

«Hasta la muerte, y muerte de cruz»

«Christus factus est pro nobis oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis«: «Por nosotros Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». En el bimilenario del nacimiento del apóstol san Pablo, volvamos a escuchar algunas de sus ardientes palabras sobre el misterio de la muerte de Cristo que estamos celebrando. Nadie mejor que él puede ayudarnos a comprender su significado y su alcance.

A los Corintios escribe a modo de manifiesto: «Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, predicamos un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1, 22-24). La muerte de Cristo tiene un alcance universal: «Si uno murió por todos, por tanto todos murieron» (2 Co 5, 14). Su muerte ha dado un sentido nuevo a la muerte de cada hombre y cada mujer.

A los ojos de san Pablo la cruz asume una dimensión cósmica. Por ella Cristo derribó el muro de separación, reconcilió a los hombres con Dios y entre sí, destruyendo la enemistad (cf. Ef 2, 14-16). De aquí la tradición primitiva desarrolló el tema de la cruz árbol cósmico cuyo brazo vertical une el cielo y la tierra, y cuyo brazo horizontal reconcilia entre sí a los diversos pueblos del mundo. Acontecimiento cósmico y a la vez personalísimo: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2, 20). Por cada hombre, escribe el Apóstol, murió Cristo (cf. Rm 14, 15).

De todo ello brota el sentimiento de la cruz, ya no como castigo, reproche o causa de aflicción, sino como gloria y honor del cristiano, como una jubilosa seguridad, acompañada de profunda gratitud, en la que el hombre se eleva en la fe: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Ga 6, 14).

San Pablo plantó la cruz en el centro de la Iglesia como el palo mayor en el centro de la nave; hizo de ella el fundamento y el baricentro de todo. Fijó para siempre el marco del anuncio cristiano. Los evangelios, escritos después de él, seguirán su esquema, haciendo del relato de la pasión y muerte de Cristo el eje hacia el que se orienta todo.

Es sorprendente la empresa que llevó a término el Apóstol. Para nosotros hoy resulta relativamente fácil ver las cosas bajo esta luz, después de que la cruz de Cristo, como decía san Agustín, haya colmado la tierra y brille ahora sobre la corona de los reyes (cf. Enarr. in Psalmos, 54, 12: PL 36, 637). Cuando san Pablo escribía, la cruz todavía era sinónimo de la mayor ignominia, algo que ni siquiera se debía nombrar entre personas educadas.

El Año paulino no tiene como objetivo conocer mejor el pensamiento del Apóstol (esto lo hacen los estudiosos desde siempre, y conviene tener en cuenta que la investigación científica requiere tiempos más largos que un año); su finalidad es, más bien, como ha recordado en varias ocasiones el Santo Padre, aprender de san Pablo cómo responder a los desafíos actuales de la fe.

Uno de estos desafíos, tal vez el más abierto que se haya conocido hasta la fecha, se ha traducido en un eslogan publicitario escrito en los medios de transporte público de Londres y de otras ciudades europeas: «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida».

El mayor efecto de este eslogan no está en la premisa «Dios no existe», sino en la conclusión: «Disfruta de la vida». Se sobreentiende el mensaje de que la fe en Dios impide disfrutar de la vida; es enemiga de la alegría. Sin ella habría más felicidad en el mundo. San Pablo nos ayuda a dar una respuesta a este desafío, explicando el origen y el sentido de todo sufrimiento, a partir del de Cristo.

¿Por qué «era necesario que el Cristo padeciera y entrara así en su gloria»? (Lc 24, 26). A esta pregunta se da a veces una respuesta «débil» y, en cierto sentido, tranquilizadora. Cristo, revelando la verdad de Dios, provoca necesariamente la oposición de las fuerzas del mal y de las tinieblas, y estas, como había ocurrido en los profetas, llevarán a su rechazo y a su eliminación. Por tanto, la frase «Era necesario que el Cristo padeciera» se entendería en el sentido de que «era inevitable que el Cristo padeciera».

San Pablo da una respuesta «fuerte» a ese interrogante. La necesidad no es de orden natural, sino sobrenatural. En los países de antigua fe cristiana se asocia casi siempre la idea de sufrimiento y de cruz a la de sacrificio y de expiación: el sufrimiento —se piensa— es necesario para expiar el pecado y aplacar la justicia de Dios. Es esto lo que ha provocado, en la época moderna, el rechazo de toda idea de sacrificio ofrecido a Dios y, al final, la idea misma de Dios.

No se puede negar que a veces los cristianos hemos dado pie a esta acusación. Pero se trata de un equívoco que un conocimiento mejor del pensamiento de san Pablo ya ha aclarado definitivamente. Escribe que Dios decidió que Cristo «sirviera como instrumento de expiación» (Rm 3, 25); pero tal expiación no actúa sobre Dios para aplacarlo, sino sobre el pecado para eliminarlo. «Se puede decir que es Dios mismo, no el hombre, quien expía el pecado… La imagen es más la de la remoción de una mancha corrosiva o la neutralización de un virus letal que la de una ira aplacada por el castigo» (J. Dunn, La teologia dell’apostolo Paolo, Paideia, Brescia 1999, p. 227).

Cristo dio un contenido radicalmente nuevo a la idea de sacrificio. En él «ya no es el hombre el que ejerce una influencia sobre Dios para que se aplaque. Más bien, es Dios quien actúa para que el hombre desista de su enemistad contra él y hacia el prójimo. La salvación no empieza con la petición de reconciliación por parte del hombre, sino con la petición: «Reconciliaos con Dios» (2 Co 5, 20 ss)» (G. Theissen-A. Merz, Il Gesù storico. Un manuale, Queriniana, Brescia 2003, p. 573).

El hecho es que san Pablo se toma en serio el pecado, no lo banaliza. Para él el pecado es la causa principal de la infelicidad de los hombres, o sea, el rechazo de Dios, ¡no Dios! El pecado encierra a la criatura humana en la «mentira» y en la «injusticia» (cf. Rm 1, 18 ss; 3, 23), condena incluso al cosmos material a la «vanidad» y a la «corrupción» (cf. Rm 8, 19 ss) y también es la causa última de los males sociales que afligen a la humanidad.

Se hacen innumerables análisis de la crisis económica que aflige al mundo, investigando sus causas, pero ¿quién se atreve a meter el hacha en la raíz y a hablar de pecado? La élite financiera y económica mundial se había convertido en una locomotora enloquecida que avanzaba desenfrenadamente, sin preocuparse del resto del tren, que se había detenido distante en las vías. Íbamos todos «a contramano».

El Apóstol presenta la avaricia insaciable como una «idolatría» (Col 3, 5) e indica en la desenfrenada codicia de dinero «la raíz de todos los males» (1 Tm 6, 10). ¿Podemos decir que se equivoca? ¿Por qué tantas familias reducidas a la miseria, masas de obreros sin trabajo, sino por la sed insaciable de ganancias por parte de algunos? ¿Por qué en el terremoto que se produjo estos días en los Abruzos se han desplomado tantos edificios construidos recientemente? ¿Por qué pusieron arena de mar en vez de cemento?

Con su muerte, Cristo no sólo denunció y venció el pecado; también dio un sentido nuevo al sufrimiento, incluso al que no depende del pecado de nadie, como es el caso del dolor de tantas víctimas del terremoto que asoló la cercana región de los Abruzos. Hizo del sufrimiento un camino a la resurrección y a la vida. El sentido nuevo que dio Cristo al sufrimiento no se manifiesta tanto en su muerte, cuanto en la superación de la muerte, es decir, en la resurrección. «Murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rm 4, 25): los dos acontecimientos son inseparables en el pensamiento de san Pablo y de la Iglesia.

Es una experiencia humana universal: en esta vida placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que, al elevarse una ola del mar, le sigue un hundimiento y un vacío que absorbe al náufrago hacia atrás. «Un no sé qué de amargo —escribió el poeta pagano Lucrecio— surge de lo más íntimo de todo placer y nos angustia en medio de las delicias» (De rerum natura iv, 1129). El consumo de drogas, el abuso del sexo, la violencia homicida suscitan en el momento la embriaguez del placer, pero llevan a la disolución moral, y frecuentemente también física, de la persona.

Cristo, con su pasión y muerte dio un vuelco a la relación entre placer y dolor. Él «en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz» (Hb 12, 2). No se trata ya de un placer que termina en sufrimiento, sino de un sufrimiento que lleva a la vida y al gozo. No se trata sólo de una sucesión distinta de las dos cosas; de este modo, la alegría, no el sufrimiento, es la que tiene la última palabra; y una alegría que durará eternamente. «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él» (Rm 6, 9). Ni lo tendrá sobre nosotros.

Esta nueva relación entre sufrimiento y placer se refleja en el modo de marcar el tiempo en la Biblia. En el cálculo humano el día empieza con la mañana y concluye con la noche; para la Biblia, comienza con la noche y termina con el día: «Y atardeció y amaneció: día primero», dice el relato de la creación (Gn 1, 5). No carece de significado que Jesús muriera por la tarde y resucitara por la mañana. Sin Dios, la vida es un día que termina en la noche; con Dios, es una noche que termina en el día, y un día sin ocaso.

Así pues, Cristo no vino para aumentar el sufrimiento humano o para predicar la resignación ante él; vino para darle un sentido y anunciar su fin y su superación. El eslogan de los autobuses de Londres y de otras ciudades lo leen también los padres con un hijo enfermo, las personas solas o las que se han quedado sin trabajo, los exiliados que han huido de los horrores de la guerra, quienes han sufrido graves injusticias en la vida… Yo trato de imaginar su reacción al leer las palabras: «Probablemente Dios no existe: disfruta de la vida». ¿Con qué?

Ciertamente, el sufrimiento, especialmente el de los inocentes, sigue siendo un misterio para todos; pero sin fe en Dios se convierte en algo inmensamente más absurdo. Se lo priva hasta de la última esperanza de rescate. El ateísmo es un lujo que se pueden permitir sólo los privilegiados de la vida, los que han tenido todo, incluida la posibilidad de dedicarse a los estudios y a la investigación.

No es esa la única incongruencia de aquel eslogan publicitario. «Dios probablemente no existe»: así que incluso podría existir; no se puede excluir del todo que exista. Pero, querido hermano no creyente, si Dios no existe, yo no pierdo nada; en cambio, si existe, tú lo has perdido todo. Casi deberíamos dar las gracias al promotor de esa campaña publicitaria; ha servido a la causa de Dios más que muchos de nuestros argumentos apologéticos. Ha mostrado la pobreza de sus razones y ha contribuido a sacudir muchas conciencias adormecidas.

Sin embargo, Dios tiene una medida de juicio diferente a la nuestra y si ve la buena fe, o una ignorancia inculpable, salva también a quien durante la vida se ha esforzado por combatirlo. Los creyentes debemos prepararnos a sorpresas al respecto. «¡Cuántas ovejas están fuera del redil —exclama san Agustín— y cuántos lobos dentro!» (In Ioh. Evang. 45, 12).

Dios es capaz de hacer de sus detractores más encarnecidos sus apóstoles más apasionados. San Pablo es la demostración. ¿Qué había hecho Saulo de Tarso para merecer aquel encuentro extraordinario con Cristo? ¿Qué había creído, esperado, sufrido? A él se aplica lo que decía san Agustín de toda elección divina: «Busca el mérito, busca la justicia, reflexiona y mira si encuentras otra cosa fuera de la gracia» (La predestinación de los santos 15, 30: PL44, 981). Así explica él su propia llamada: «Soy indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy» (1 Co 15, 9-10).

La cruz de Cristo es motivo de esperanza para todos y el Año paulino una ocasión de gracia también para quien no cree y está en búsqueda. Una cosa habla a su favor ante Dios: el sufrimiento. Como el resto de la humanidad, también los ateos sufren en la vida, y el sufrimiento, desde que el Hijo de Dios lo cargó sobre sí, tiene un poder redentor casi sacramental. Es un canal, escribía Juan Pablo II en la carta apostólica Salvifici doloris, a través del cual las energías salvíficas de la cruz de Cristo se ofrecen a la humanidad (cf.n. 23).

Dentro de pocos instantes, a la invitación a orar «por los que no creen en Dios» le seguirá una conmovedora oración del Santo Padre en latín. Traducida, dice así: «Dios omnipotente y eterno, que has puesto en el corazón de los hombres una nostalgia tan profunda de ti que sólo cuando te encuentran hallan la paz: haz que, más allá de todo obstáculo, todos reconozcan los signos de tu bondad y, animados por el testimonio de nuestra vida, tengan la alegría de creer en ti, único verdadero Dios y Padre de todos los hombres. Por Cristo nuestro Señor».

Padre Rainero Cantalamessa

Homilía en la celebración de la pasión del Señor. 2009 Basílica de San Pedro. Roma

 

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Perderse en el Servicio

 

“La mejor manera de encontrarte a ti mismo es perderte en el servicio a los demás”.

Mahatma Gandhi.

Todos tenemos una idea o un significado del “servicio”. Un diccionario nos diría que el servicio es conjunto de acciones las cuales son realizadas para ayudar a alguien, algo o alguna causa. O funciones ejercidas por las personas hacia otras personas con la finalidad de que estas cumplan con la satisfacción de recibirlos.  Pero en nuestro caminar como cristianos vemos que el servicio es algo más que una buena obra. Es entregar la vida, el tiempo, las fuerzas, en fin, no solo es dar algo sino darse, y en últimas es dar a Dios.

Hoy por hoy, vemos que el mundo necesita cada vez más de Dios, y es por esto que siempre va a ser necesario el testimonio de personas que vivan para él y que lo anuncien a los demás. Para nosotros es muy claro que nuestro mejor ejemplo de servicio es Cristo, se presentó como el siervo, aquel que ha venido a servir y no a ser servido, y su servicio ha sido el servicio de la Cruz. Él por nosotros, se humilló hasta la muerte. Esta es la invitación que el mismo Jesús nos hace, a vivir nuestra vocación como un servicio de amor, así como lo decía madre Teresa: “…el fruto del amor es el servicio el fruto del servicio es la paz”.
El servicio nos permite poner en práctica lo que hizo Jesús. Nos conecta con las personas a quienes servimos y nos brinda una satisfacción que el egoísmo nunca podrá ofrecer. Es de esta manera que el evangelio nos enseña que todos se benefician al servir y al recibir servicio de los demás. El servicio no sólo es para
atender una necesidad, sino también para demostrar amor por nuestros hermanos.

Dice el Papa Francisco: “En el servicio humilde está la fuerza y la alegría del
cristiano”.

Pues bien, si un discípulo no camina para servir no sirve para caminar. Si nuestra vida no es para el servicio, no sirve para vivir como cristiano. Y allí se encuentra la tentación del egoísmo, a veces en nuestra vida nos limitamos conformamos con lo que nos corresponde hacer. Sin preguntarnos por los demás, o mejor aún en situaciones ¿Qué haría Jesús en mi lugar? Pero el servicio a los demás, es lo que Jesús nos ha dicho que debemos hacer porque Él está allí. El testimonio más grande del cristiano es dar la vida como lo hizo Jesús, es decir, el martirio, y de esto hay muchos testigos, no obstante también hay otro testimonio o
servicio: el de todos los días, que inicia por la mañana, cuando nos despertamos para iniciar nuestra jornada, cuando rezamos, cuando estudiamos, hacemos el aseo, el deporte y termina por la noche, cuando nos vamos a dormir. Esto también es un servicio a Dios. Aunque nuestra rutina parezca poca cosa frente a los méritos de los santos, el Señor, con pocas cosas nuestras, hace cosas extraordinarias. Por lo tanto, es necesario tener esta actitud de humildad que consiste simplemente en tratar de ser sal y luz.

Pero para llevar a cabo esta actitud en nuestra vida, debemos luchar contra las tentaciones que tratan de alejarnos de esta actitud de servicio. Una de ellas es la pereza porque la pereza lleva a la comodidad: dejando el servicio a medias; y el adueñarnos de la situación, y de siervo convertirse en una especie de patrón, que lleva a la soberbia, al orgullo. Pidamos al Señor que nos de en nuestra vida cristiana, la humildad y el servicio, a fin de que podamos decir: como el Papa Francisco: Somos siervos inútiles – pero
siervos – hasta el final.

 

Roberto Chaux Hurtado

II de teología

tiempo

¿Qué dice San Agustín sobre el tiempo?

Normalmente hablar de tiempo, es afirmar que es una magnitud física con la que medimos la duración o separación de acontecimientos, la cual puede ser una respuesta aceptable, New!Swiss Super Clone 1:1 Rolex Replica Watches UK Discount Rolex Replica Watches Hot Sale!pero lo cierto es que en San Agustín el tiempo toma una connotación que realmente vale la pena resaltar. Es común escuchar en algunas personas en este caso creyentes, que Dios por ser creador de todo él mismo creó el tiempo, pero lo cierto es que para Agustín el tiempo se crea junto con Dios, de ahí que él afirme que ningún tiempo es coeterno a Dios.

Podría firmarse que el tiempo son los aquellos que se conocen como pasado,New! Swiss 2025 Fake Rolex Watches. presente y futuro, peor en realidad para San Agustín hablar de esta manera referente al tiempo no es la correcta; él va a decir que porque hablar de “tiempo pasado”, si lo pasado ya no existe, es decir, aquello que sucedió, ya no es, ya no está, por ende no existe; y hablar de futuro seria un adelantarnos al mañana sin tener certeza de; entonces podríamos decir que si el tiempo no es ni pasado ni futuro, es el presente pero el presente no puede ser el tiempo por el hecho de que está dejando de ser.  Otro puede afirmar que el tiempo lo podemos medir con el movimiento de los astros, pero Agustín va a aclarar no es así, Replica Watches UK – 2025 New Quality Hublot Replica Watches.puesto que para él mientras haya movimiento de referencias puede medirse de igual manera el tiempo, es decir, no está bien afirmar según Agustín que el tiempo dependa del movimiento de los astros, de ahí que muchas veces la sociedad no hable correctamente al referirse al tiempo, de manera especifica en el mal uso de la palabra “día”, algunos dicen “el día de ayer fue muy frío”, aquí esta persona hace referencia al día como tal, otro puede decir, “aun es de día”, aquí se está haciendo referencia a que un no se ha ocultado el sol (movimiento de los astros), entonces este mal uso de esta palabra tumba la idea que el tiempo dependa de dicho movimiento.

¿Entonces cómo hablar correctamente según Agustín para referirnos al tiempo? Él dirá que el tiempo, aunque no es ni el pasado, ni el presente, ni el futuro, sí esta presente en cada uno de estos, es decir, existe un presente pasado, un presente presente y un presente futuro. El tiempo no es el pasado pero esta presente en él, no es el futuro, pero esta presente en él, es decir, en el pasado el tiempo esta presente representado por imágenes en la memoria, y en el futuro son también imágenes, pero en este caso en la imaginación, y quien realiza este proceso es el alma, de ahí que San Agustín afirme que el tiempo existe, pero en el alma y por ende en ella misma se mide.

JHAN CARLOS CAICEDO.  (I de Filosofía)

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Fe “24/7” Opción Fundamental

En general las personas tienen claros ciertos aspectos acerca de la fe y aunque en no pocos casos la identifican con la religión o distorsionan en algo su significado profundo, puede decirse que al asociarla con el creer, el esperar o el confiar se acercan notoriamente a alguno de los aspectos que una palabra tan corta pero tan profunda como la fe, tiene. Aun así, se descuida frecuentemente el carácter de opción fundamental que tiene la fe y el aporte valiosísimo que ella puede hacerle a la búsqueda de sentido de vida; New UK Perfect Replica Watches Hot! Sale – High Quality 2025 Swiss Made Fake Watches.así como su capacidad de comprometer la existencia, su reclamo de coherencia en el creer y el actuar y la dimensión consecuencial que viene de experimentar una adhesión a Jesucristo que reclama por sí misma unas nuevas y reales motivaciones en el obrar.

      En torno a la cuestión de si realmente se entiende hoy la fe como una opción fundamental que debe iluminar las demás opciones y dar sentido a la existencia, Buy Top Rolex Replica Watches UK : AAAAA Perfect 1:1 Fake Rolex.convirtiéndose no sólo en una bella idea sino en una praxis consecuente; vale la pena que nos preguntemos: ¿Será que realmente la fe implica la vida; implica la historia? y si es así, entonces ¿qué compromisos se adquieren al creer? y ¿puede entenderse la fe como un estilo de vida?

     Diríamos que vivir la vida en actitud de fe implica que cada dimensión y actividad, política, deportiva, laboral, académica, relacional…etc, se deje iluminar por la luz que la misma fe destella. CHEAP REPLICA WATCHES ONLINE SHOP : 2025 New Best Fake Watches.Dejar coincidir esos valores tan significativos que le ha otorgado la fe a la vida, con las situaciones concretas de lo cotidiano y los espacios en que parece primar la soberanía del hombre y sus intereses sin dar espacio a Dios; será realmente un valiente acto de transparencia y coherencia.

       No puede ser que la fe se convierta en algo manipulable que se usa y desusa a conveniencia. No puede ser que la fe sólo tenga algo que decir en determinados espacios y tiempos establecidos. ¡No!. La fe es presencia constante. La fe es totalizante y está en capacidad de permear todos y cada uno de los momentos de la vida del creyente; mejor, la fe no sólo debe llevarse a la vida sino que la vida debe ser llevaba por la fe y desde la fe. Cuando se consigue percibir la fe como un verdadero estilo de vida, como una manera de ser y de hacer que dignifica y plenifica al hombre; no sólo se encontrará un definitivo sentido de vida, sino que espontáneamente se tomarán para si los compromisos que el creer conlleva. Y estos compromisos giran en torno a lo mismo, una fe que es vida, y si es vida, también es vida compartida, que implica a los otros y de ellos se responsabiliza.

     La fe como luz que ilumina, conlleva ver con claridad los compromisos que se adquieren al creer: El respeto a los otros, a la naturaleza y a la creación misma. La búsqueda del bien común; el ejercicio del perdón, la rectitud moral, la resiliencia, la fortaleza y la esperanza ante el sufrimiento; la confianza inquebrantable y la tarea inaplazable de la caridad. Además, la fe como solidez reclama convicción, adhesión y plena confianza en el Ser amado en quien se cree pero

“No se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable” (LF 50)

Y continúa el Papa diciendo que “precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz […] La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables y de enriquecer la vida común” (LF 51).

     La fe está en capacidad de fundamentar la totalidad de las dimensiones del hombre, iluminar cada rincón de su existencia, guiar con acierto sus pasos, dar sentido de vida y permear cada uno de sus actos en la pluralidad de las posibilidades. La fe es firmeza, solidez, “amén” que hace frente a la inestabilidad de todos los ámbitos de la vida. Y como solidez, la fe se hace apoyo y consistencia para emprender todos los proyectos. Posibilita igualmente una actitud confiada; específicamente la fe cristiana permite no sólo una aceptación de verdades que permiten saber algo de Aquel en quien se cree sino una íntima relación de amor, de confianza y de entrega; una aceptación de Jesucristo como el Señor, el Salvador; una adhesión a su Persona y un abandono total a su voluntad.

    Ver la fe como un estilo de vida, implica también reconocer en ella unos compromisos que se adquieren y sin los cuales no podría efectuarse la coherencia. Por tanto, si la fe cristiana implica no sólo un amor inmenso hacía Dios que surge primeramente de sentirse amado por él, sino también un amor que se dona al prójimo; es necesario, dándole el valor que merece el mandamiento del amor, encontrar el sentido de vida en el servicio y la entrega por los otros, en virtud del “Otro”.

      La fe no puede ser un simple accesorio que acompaña al hombre sólo por momentos y que interviene en situaciones precisas exclusivamente; ella debe acompañar e iluminar la totalidad de la existencia y la inmensa belleza de la integralidad del hombre.

      Pues bien, quien reconoce en la fe una opción fundamental que es capaz de instruirle e iluminarle en las demás opciones y situaciones de vida; experimenta no sólo la tranquilidad de saber que su vida misma adquiere sentido a la luz de su fe sino que además y de manera especial, experimenta en su ser la confianza que le lleva a abandonarse totalmente en Aquel en quien cree. Pie-Ninot (2009) en su libro La Teología Fundamental, cita a Juan Alfaro así: “La fe como opción fundamental del hombre, más que un acto o una serie de actos, es una actitud personal, fundamental y total, que imprime una orientación nueva y definitiva a la existencia”p.209.

      La fe debe ser asumida como un auténtico estilo de vida; como una manera de vivir, por tanto hay que superar las intermitencias en el actuar desde la fe. Se busca en efecto, una sana constancia en el modus vivendi en virtud de la fe que está llamada a ser “fe 24/7”, entendiendo esta expresión como una fe del todo y por todo. También se concibe la fe como una realidad que implica la existencia de manera esencial, que implica la historia como su lugar de acción y que compromete, por razón de su misma naturaleza. La fe a diferencia de la religión, no está tan expresamente condicionada por la cultura; la fe es mucho más libre y por su carácter de opción fundamental, como hemos dicho, transversaliza, fundamenta y da sentido a la totalidad de la vida. El compromiso consecuente con relación a la fe, surge de la realidad del amor que se dona, pues testificar la fe en Jesús, es también asumir su vida y obra. El llamado constante será a seguir los pasos de Aquel que por amor “dio la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) y también por sus enemigos. Monserrat (1974) en su libro Nuestra Fe, puede aportarnos a nuestra reflexión con lo siguiente:

“Dios se ha dado, pues, al hombre, y, por ello, el cristiano solo es plenamente tal, cuando es totalmente para los demás: cuando su existencia es un total salir de sí para el bien del hermano” p.256

Camilo Castaño Castaño

I Teología

 

Bibliografía

Monserrat, J. (1974) Nuestra Fe. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

Papa Francisco. (2013) Carta Encíclica Lumen Fidei.

Pie-Ninot, S. (2009 La Teología Fundamental. Salamanca: Secretariado Trinitario

 

¿Tu parroquia ya cuenta con el Ministerio de Medios de Comunicación? Guía práctica

No es necesario demostrar lo indispensables que son los medios de comunicación social hoy. Son un  verdadero signo de los tiempos, que es preciso discernir teológicamente y aprovechar pastoralmente. Top Super Clone Watches For Sale >> 2025 Best New Cheap Replica Watches Online.Como cualquier realidad humana, están sometidos a la ambigüedad: pueden ser instrumentos de desarrollo y comunión, o armas de dominación y alienación. Lo cierto es tienen un poderío singular para convertir el mundo en una aldea, para hacer de él una mesa redonda, para marcar modelos y ritmos a toda una cultura, para abrir paso a la nueva era de la humanidad.

Este poder de los medios de comunicación social (MCS), fascina y produce miedo a la vez, como todo lo poderoso y lo sagrado. Y es por esto que ante los mismos, Best Swiss Replica Watches Store UK >> 100% High Quailty Replica Watches.se generan dos actitudes: los que demonizan los medios y ven en ellos la razón de los males de la humanidad, y los que los absolutizan hasta el punto de esperar de ellos la salvación de la humanidad.

El camino de a Iglesia no puede ser ni la demonización ni la idolatría de los medios, estamos llamados a evangelizar los MCS y evangelizar a través de los MCS con audacia, creatividad y diálogo.

El siguiente texto, es una guía que pretende dar algunas orientaciones y criterios prácticos para la formación de un ministerio de Medios de Comunicación en una parroquia evangelizada, New! Best Selling Breitling Replica Watches USA >> 2025 Cheap Fake Breitling For Sale.para que se pueda dar una respuesta pastoral a este desafío del mundo postmoderno:

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¿Quieres vivir para siempre?

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

Por el P. Behitman A. Céspedes De los Ríos (Diócesis de Pereira), con el apoyo del P. Emilio Betancur M. (Arquidiócesis de Medellín).Cf. También Servicio Bíblico Latinoamericano.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, expresa la preferencia de la Sabiduría frente a todos los bienes de la tierra.Official Swiss Replica Watches UK – Best Cheap Fake Watches in UK. El sabio pone en la plegaria de Salomón la superioridad de los valores espirituales sobre los materiales, supeditándolos todos al don de la sabiduría y la prudencia para el gobierno de su pueblo.
En el texto de la carta a los hebreos, el autor, al describir la fuerza transformadora de la Palabra de Dios, se hace eco de hondas raíces veterotestamentarias. En efecto, ya Isaías 42,9 había comparado la Palabra de Dios con la espada, y Jeremías la había presentado como una realidad operante por sí misma (Jer 23,29).
La íntima acción salvadora de la Palabra en la persona oyente es descrita en el texto diciendo que es “penetrante… hasta el punto donde se dividen alma y espíritu”. Swiss Made Tag Heuer Replica Watches – 2025 Cheap Fake Tag Heuer Watches.Allí, en el santuario de la intimidad del corazón de la persona, de la comunidad oyente activa de esa voz salvadora que le muestra caminos de liberación, allí, donde reside la voluntad y la decisión de aceptarla o de rechazarla, donde anida lo más denso del ser humano: sus intereses, sus afectos, su libertad, es hasta donde la Palabra llega cuestionante, incisiva, liberadora, transformante. Por eso, el autor de la carta coloca intencionadamente las palabras “corazón, deseos, intenciones”, como abarcando en estas categorías la integralidad humana. Dios y su Palabra, “más íntimo que yo mismo” en expresión de San Agustín, conoce hasta los secretos más recónditos del corazón. El más absoluto misterio humano está patente ante sus ojos. Por eso, la Palabra es juez densamente imparcial, que conoce amando lo que ocurre en la conducta humana y en el corazón de hombres y mujeres.

La imagen del camino es central en el evangelio de Marcos (cf Mc 10,17). Estamos ante el tema del seguimiento de Jesús. En ese sentido va la pregunta de aquel que únicamente Mateo llama «el joven rico» (19, 22); para Marcos (y Lucas) parece tratarse más bien de una persona mayor que pregunta: 2025 New Omega Replica Watches UK are on sale.¿cómo heredar la vida? (cf Mc 10,17). Jesús comienza por remitir a Dios; su bondad está al inicio de todo. Esto equivale a resumir la primera tabla de los mandamientos. En seguida enuncia explícitamente los correspondientes a la segunda tabla, con un añadido importante (que solo se encuentra en Marcos): «no seas injusto» (v. 19). La frase es algo así como un sumario del listado que se recuerda. Se trata de la condición mínima que se plantea al creyente. Con sencillez el rico dice que todo eso lo ha observado (cf v. 20), no hay nada de arrogante en esta afirmación. Ésa era la convicción de los sabios de la época: la ley puede ser cumplida plenamente.
Pero seguir a Jesús es algo más exigente. Con afecto lo invita Jesús a ser uno de los suyos. No solo debe abandonar la riqueza, hay que entregarla a los pobres, a los necesitados. Esto lo pondrá en condiciones de seguirlo (cf v. 21). No basta respetar la justicia en nuestras actitudes personales, hay que ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia: el ansia de acumular riqueza. Pero, dejar sus posesiones le resultó una exigencia muy dura al preguntante; como muchos de nosotros prefirió una vida creyente resignada a una cómoda mediocridad (cf v. 22). «Creer sí, pero no tanto». Profesar la fe en Dios, aunque negándonos a poner en práctica su voluntad. Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro con sus discípulos: el apego al dinero y al poder que él otorga es una dificultad mayor para entrar en el Reino (cf v. 23). La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla, pretendiendo -por ejemplo- que había en la ciudad unas puertas pequeñas llamadas «agujas»… y que bastaba entonces al camello agacharse para poder entrar por ese ojo de aguja.
Los discípulos, en cambio, entendieron bien el mensaje. El asunto se les presenta poco menos que imposible. Pasar por el ojo de una aguja significa poner su confianza en Dios y no en las riquezas. No es fácil, ni personalmente ni como Iglesia, aceptar este planteamiento; siguiendo a los discípulos nos preguntamos -con pretendido realismo-: “entonces, ¿quién se podrá salvar?» (cf v. 26). El dinero da seguridad, nos permite ser eficaces, decimos. El Señor recuerda que nuestra capacidad de creer solamente en Dios es una gracia (cf v. 27).
Como comunidad de discípulos, como Iglesia, debemos renunciar a la seguridad que da el dinero y el poder. Eso es tener el «espíritu de sabiduría» (Sab 7,7), aceptar que ella sea nuestra luz (cf v. 10). A la sabiduría nos lleva la palabra de Dios, cuyo filo corta nuestras ataduras a todo prestigio mundano. Ante ella nada queda oculto, todas nuestras complicidades aparecen con claridad (cf Hb 4,12-13). Como creyentes, como Iglesia, ¿seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja?

Una lectura ecológica del evangelio de hoy

El mundo, la humanidad, se encuentra hoy, también, ante el desafío de tener que pasar «por el ojo de una aguja» si quiere conseguir… ya no la vida eterna celestial, sino simplemente la supervivencia terrestre.
Es un «ojo de aguja» nuevo. Nunca nos habíamos visto en esta situación. Siempre, desde siempre –es decir, desde que el homo et mulier sapientes aparecimos sobre esta tierra–, el ser humano percibió la tierra como ilimitada, inagotable, cuasi infinita, capaz de absorber impasible nuestro proyecto de desarrollo continuo, infinito.
Pero hace solo cinco siglos (Magallanes, 1522) se dio cuenta de que la tierra no era una superficie plana infinita, sino una superficie esférica, cerrada sobre sí misma, y por tanto, limitada. Y ha sido solo al final del pasado siglo XX cuando ha descubierto que su proyecto humano de desarrollo podría topar con los límites de la Tierra. Así lo proclamó proféticamente, en solitario, el famoso libro del Club de Roma «Los límites del crecimiento», de 1972, que no fue escuchado. Pero su profecía fue confirmada y ratificada al filo del cambio del siglo (1992, «Más allá de los límites del crecimiento»), al denunciar que estábamos en peligro de sobrepasarnos («overshot») más allá de la capacidad del planeta para absorber y regenerar los recursos que consumimos. Ese peligro ya se hizo realidad oficialmente el 23 de septiembre de 2008: los científicos que siguen el estado del Planeta, especialmente la Global Foot Print Network han hablado del «Día del sobrepasamiento», el «Earth Overshoot Day», día en el que calculan que hemos sobrepasado en un 30% su capacidad de reposición de los recursos necesarios para las demandas humanas. En este momento estamos necesitando más de una Tierra para atender a nuestra subsistencia…
El Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2007-2008 confirmó la denuncia, y, de otra manera y con otros datos, confirmó que si toda la humanidad adoptara un nivel de vida como el de EEUU o Europa, necesitaríamos 9 planetas (pág. 48 de la edición en español).
Despidámonos pues de la «vida eterna» para la Humanidad. El planeta seguirá, sí, pues ha pasado crisis semejantes, y aunque la vida terrestre sea diezmada, el planeta seguirá, pero seguirá… sin nosotros. Ésta en la que estamos ya hace tiempo es la «sexta extinción». La anterior, la quinta, hace 65 millones de años, por efecto de un meteorito según las actuales hipótesis, causó la desaparición de los dinosaurios. La sexta, la presente, actualmente en curso acelerado, está causada concretamente por una especie biológica que ha llegado a convertirse en fuerza geológica. Parece que va a ser una crisis profunda, que se llevará consigo a dos tercios de las especies actuales (entre ellas la causante). Nada de «vida eterna», pues, sino la condena a «una muerte anunciada», y con carácter de inminencia.
Pero… «sólo una cosa tienes que hacer si quieres todavía alcanzar»… una prolongación de la vida: abandona el «sistema» que te lleva a la muerte, centrado obsesivamente en el enriquecimiento material, ciego a los costes ecológicos, y pasa a adoptar un nuevo estilo de vida, un nuevo paradigma, una nueva forma de mirar al planeta, comprendiendo que eres Tierra y dependes de ella, y que en vez de vivir de espaldas a ella y en guerra contra ella, debes vivir en amistad y en relación cariñosa y simbiótica con ella.
Se ha dicho muy frecuentemente en los últimos tiempos que el cristianismo tenía, ha tenido un «punto ciego» en el aspecto ecológico, que todo nuestro patrimonio simbólico de los tres grandes monoteísmos está construido no sólo «de espaldas a la naturaleza» (nos consideramos no naturales sino sobrenaturales), sino en buena parte «contra la naturaleza», como sus dueños y dominadores, por derecho divino incluso… Afortunadamente, la encíclica del Papa Francisco, de este año, Laudato sii’, acaba de dar un buen paso en sentido contrario. No podemos borrar nuestra historia pasada, ni nuestra realidad actual, pero al menos acabamos de dar un primer signo de conversión desde la cúpula misma de la institución. Como dice la encíclica, no se trata solo de cuidar la naturaleza, sino de toda otra forma de pensar, una nueva cultura, una revolución mental.
Y también una revolución teológica: la de dejar de pensar que la ecología no tiene que ver con la vida cristiana, ni con la vida espiritual… y pasar a pensar que respetar la vida, cultivarla, reverenciarla, sentirla como nuestra placenta, nuestro hogar, nuestra hermana madre Tierra… tiene que formar parte, por derecho propio, del hecho de ser cristiano, como forma parte del hecho de ser ser humano.

Sabiduría es seguir a Jesús

La solidaridad es lo sensato

El joven Salomón a pesar de ser un noble tuvo que pedir sabiduría a Dios para gobernar a su pueblo. La sabiduría del seguimiento a YHWH en su palabra es el mejor aval para ser buen gobernante. “Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí un espíritu de “sabiduría… en su comparación tuve en nada la riqueza… todos los bienes juntos me vinieron con ella, aunque había en mis manos riquezas incontables… junto a ella la plata vale lo que el barro…” (Primera lectura). Esta era una advertencia a los hebreos de Alejandría frente al riesgo de los dioses egipcios. La sabiduría como seguimiento es lo que permite “calcular los años para adquirir un corazón sensato; sácianos por la mañana con tu misericordia para cantar con gozo y alegraremos todos nuestros días” (Sal 89).

Seguimiento y solidaridad

En el Nuevo testamento Jesús, la cruz, tiene la palabra de sensatez por la solidaridad. Toda experiencia de servicio y acompañamiento de los pobres es una experiencia de cruz, de seguimiento de Jesús. Quien se arrodilla ante quien venció la muerte y resucitó reconoce que es un Maestro bueno porque puede dar la vida eterna. Pedir la vida eterna supone la fe en la resurrección de los muertos por apego a las riquezas.
Precisamente, el joven rico, no le preguntó a Jesús por el seguimiento, sino por la vida eterna: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Aceptar que «solo Dios es bueno» es sentir en el interior que hay algo de Dios que va más allá de nuestros deseos. El joven rico, conociendo los mandamientos y cumpliéndolos, no logra ser feliz; es un angustiado por querer “poseer” la vida eterna desde su propio esfuerzo. En la lista que Jesús le da para poseer la vida eterna no está Dios, pero sí las obligaciones con los demás: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes; honrarás a tu padre y a tu madre” (evangelio) “Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes” (Mt 6,31).
La vida eterna es la solidaridad
Parece que hubiera sido un hombre piadoso desde joven pero sin llegar a la adultez de la fe: “Todo esto lo he cumplido desde muy joven”. Para Jesús “vida eterna” depende de la postura ante las riquezas. “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón». (Segunda lectura). “Solo una cosa te falta: ve y vende lo que tienes y dalo a los pobres” (evangelio).
Ante esta propuesta el joven siente que no es capaz y prefiere alejarse triste. Vender lo que tenía y compartirlo con los pobres no era un fin, sino la condición para seguir a Jesús. Por tres veces consecutivas Jesús toma la palabra para decir lo difícil que es a un rico (v23) y a todos (v24), entrar al Reino no como esfuerzo sino como don. (v27).

La confianza en lugar equivocado

Los ricos se fían en su propia razón que es económica, en su virtud, en su poder, en su influencia, pretendiendo saber qué es la vida. No tienen conciencia de sus faltas, siempre encuentras las razones para explicar sus limitaciones de cualquier orden. Todo depende de ellos por eso se les debe siempre obedecer.
La pobreza, como la concibe Jesús, tiene en sí misma una recompensa: abrirse a un mundo más simple que prevé para el creyente la felicidad, la seguridad y el encuentro con un Dios que nos da el ciento por uno, casa, familia, riquezas y felicidad. “Quien hace la voluntad de mi Padre, es mi hermano, mi hermana y mi madre» (3,35). Así la tierra misma se va convirtiendo en Reino de Dios.
Jesús concluye con una sentencia contundente, acentuada con la hipérbole del camello: “¡qué difícil les es a los ricos entrar en el Reino de Dios! No pueden servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). Como siempre, el problema no está en el dinero, sino en el apego, en la identificación con él. El ego no puede pensar en “cómo heredar la vida eterna”, porque el egoísmo puede hacernos “religiosos”, cumplidores y hasta piadosos, pero no creyentes “para heredar la vida eterna” por desapropiación del egoísmo, el mérito o la recompensa; pero lo que es imposible desde el egoísmo es posible para Dios desde la solidaridad. De ello da razón la paradoja del camello y la aguja ante las promesas de Dios. Quizás esto fue lo que pensó el joven rico sin caer en la cuenta de que la mejor riqueza era despojarse por seguir a Jesucristo en la solidaridad con los pobres.
El “¿quién puede salvarse?” de los discípulos es un paralelo a poseer la vida eterna, del joven rico, solo que ahora presupone la experiencia del rechazo del seguimiento a Jesús en la solidaridad con los pobres; en nosotros ese presupuesto es la peor experiencia de la religión en relación a la fe, querer salvarnos sin los pobres.

Una cosa nos falta: el cambio fundamental
(José Antonio Pagola)

Una cosa te falta…
El episodio está narrado con intensidad especial. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega «corriendo» un desconocido que «cae de rodillas» ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús. No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que, desde el suelo, implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que él busca en aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?». No es una
cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente.
Antes que nada, Jesús le recuerda que «no hay nadie bueno más que Dios». Antes de plantearnos qué hay que «hacer», hemos de saber que vivimos ante un Dios. Bueno como nadie: en su bondad insondable hemos de apoyar nuestra vida. Luego, le recuerda «los mandamientos» de ese Dios Bueno. Según la tradición bíblica, ése es el camino para la vida eterna.
La respuesta del hombre es admirable. Todo eso lo ha cumplido desde pequeño, pero siente dentro de sí una aspiración más honda. Está buscando algo más. «Jesús se le queda mirando con cariño». Su mirada está ya expresando la relación personal e intensa que quiere establecer con él.
Jesús entiende muy bien su insatisfacción: «una cosa te falta». Siguiendo esa lógica de «hacer» lo mandado para «poseer» la vida eterna, aunque viva de manera intachable, no quedará plenamente satisfecho. En el ser humano hay una aspiración más profunda.
Por eso, Jesús le invita a orientar su vida desde una lógica nueva. Lo primero es no vivir agarrado a sus posesiones, «vende lo que tienes». Lo segundo, ayudar a los pobres, «dales tu dinero». Por último, «ven y sígueme». Los dos podrán recorrer juntos el camino hacia el reino de Dios.
El hombre se levanta y se aleja de Jesús. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. Sabe que nunca podrá conocer la alegría y la libertad de quienes siguen a Jesús. Marcos nos explica que «era muy rico».
•¿No es ésta nuestra experiencia de cristianos satisfechos?
•¿No vivimos atrapados por el bienestar material?
•¿No le falta a nuestra religión el amor práctico a los pobres?
•¿No nos falta la alegría y libertad de los seguidores de Jesús?

El cambio fundamental

El cambio fundamental al que nos llama Jesús es claro. Dejar de ser unos egoístas que ven a los demás en función de sus propios intereses para atrevemos a iniciar una vida más fraterna y solidaria. Por eso, a un hombre rico que observa fielmente todos los preceptos de la ley, pero que vive encerrado en su propia riqueza, le falta algo esencial para ser discípulo suyo: compartir lo que tiene con los necesitados.

Hay algo muy claro en el evangelio de Jesús. La vida no se nos ha dado para hacer dinero, para tener éxito o para lograr un bienestar personal, sino para hacernos hermanos. Si pudiéramos ver el proyecto de Dios con la transparencia con que lo ve Jesús y comprender con una sola mirada el fondo último de la existencia, nos daríamos cuenta de que lo único importante es crear fraternidad. El amor fraterno que nos lleva a compartir lo nuestro con los necesitados es «la única fuerza de crecimiento», lo único que hace avanzar decisivamente a la humanidad hacia su salvación.
El hombre más logrado no es, como a veces se piensa, aquel que consigue acumular más cantidad de dinero, sino quien sabe convivir mejor y de manera más fraterna. Por eso, cuando alguien renuncia poco a poco a la fraternidad y se va encerrando en sus propias riquezas e intereses, sin resolver el problema del amor, termina fracasando como hombre.
Aunque viva observando fielmente unas normas de conducta religiosa, al encontrarse con el evangelio descubrirá que en su vida no hay verdadera alegría, y se alejará del mensaje de Jesús con la misma tristeza que aquel hombre que «se marchó triste porque era muy rico».
Con frecuencia, los cristianos nos instalamos cómodamente en nuestra religión, sin reaccionar ante la llamada del evangelio y sin buscar ningún cambio decisivo en nuestra vida. Hemos «rebajado» el evangelio acomodándolo a nuestros intereses. Pero ya esa religión no puede ser fuente de alegría. Nos deja tristes y sin consuelo verdadero.
Ante el evangelio nos hemos de preguntar sinceramente si nuestra manera de ganar y de gastar el dinero es la propia de quien sabe compartir o la de quien busca solo acumular. Si no sabemos dar de lo nuestro al necesitado, algo esencial nos falta para vivir con alegría cristiana.

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La Verdadera Esencia Del Pecado

Profecía de Abdías 1, 2-4
Es un reproche del Señor al pueblo de Edom, estos que en la historia salvífica son los descendientes de Esaú hermano de Jacob, hijo de Isaac. El Reino de Edom fue muy prospero especialmente por cierta alianza que tuvo con el Reino de Asiria.

Edom aprovechando la conquista de Babilonia a Judea en el siglo VI.New Swiss-made Replica Rolex Watches UK | Official AAA Rolex Fake Watches. Se apoderó de ciertos territorios, robando y saqueando al igual que todos los otros pueblos que se beneficiaban de la situación indefensa de Judea, básicamente los hijos de Esaú traicionaron a los hijos de su hermano Jacob, simplemente por codicia,Best Cheap Swiss Replica Watches UK Sales | New Fake Watches. burlándose del mal ajeno y siendo indiferente a tan terrible sufrimiento.
Esta situación de superioridad produce un cierto tipo de prepotencia, que llevó a los edomitas a encumbrase en las alturas, a creerse águilas y anidar en las estrellas. Bien les dice el profeta La soberbia de tu corazón te ha engañado.

Tristemente nos puede suceder lo mismo que al pueblo de Edom, la soberbia nos puede llevar a la ruina.
La naturaleza humana se inclina muy fácilmente al sentimiento de sobrevaloración de uno mismo frente a los otros.

La soberbia que es sinónimo de orgullo, de altivez, de altanería, PERFECT QUALITY REPLICA BREITLING UK WATCHES FOR MEN – 1:1 Cheap Fake Watches.de arrogancia y de prepotencia. Nos imposibilita seguir y hacer la voluntad de Dios. Porque nos encierra en nuestra propia burbuja, nos hace sentirnos mejores que los otros, nos lleva al deseo de siempre querer ser preferidos y aceptados, anhelando siempre satisfacer nuestra vanidad y elevar nuestro Ego siempre insatisfecho.
La soberbia nos enceguece tanto que ni siquiera somos capaces de descubrir nuestras limitaciones y defectos. Nos hace enorgullecernos de nuestras capacidades hasta el punto de llegar a la autosuficiencia y que puede llegar hasta a excluir a Dios mismo, y ni que hablar de los otros.
La soberbia se demuestra en nuestra rebeldía, en el fastidio a obedecer, en el autoritarismo al mandar, en la envidia al no tener y a la crítica del parecer.

Solemos decir que la pereza es la madre de todos los vicios, pero también podemos decir que la soberbia es como esa tía solterona, que fastidia a toda hora y que no deja ser feliz.
Pues por soberbia Lucifer se rebeló en los Cielos contra Dios, alejándose de los planes de Yahveh. Por la misma soberbia nuestros primeros padres pecaron tomando del fruto prohibido, evitando la voluntad del Padre. Por soberbia el pueblo hebreo en el desierto prefería la esclavitud del faraón que la libertad de Dios. Por soberbia Jonás no quiso ir a Nínive a dar el mensaje salvífico, desobedeciendo así al designio divino. Por soberbia Judas Iscariote al ver que su Maestro no cumplía con sus expectativas, prefiere traicionarlo, y hacer lo que a su juicio considera más conveniente.

Con estos ejemplos de la historia salvífica, vemos que todos se alejan de la Voluntad de Dios por hacer su propia voluntad, y lo más miserable es que el acto de soberbia o desobediencia lleva siempre a un inminentemente fracaso. Como vemos en nuestros personajes: el primero desterrado al infierno, nuestros padres expulsados y condenados a sufrir, los hebreos a divagar 40 años en la tierra de nadie, Jonás tragado por un gran pez, el pueblo de Edom saqueado y destruido, y Judas suicidado.

Indica Benedicto XVI:

“La soberbia es la verdadera esencia del pecado”

el pecado que es el amor excesivo de uno y el desprecio absoluto a Dios. Por soberbia podríamos llegar a considerar a Dios como el enemigo de nuestra libertad. Según Benedicto ésta Es la clave de la historia: el hombre que se revela contra Dios. Que se opone a la verdad, que deja de ser libre porque se encuentra alienado así mismo. (Cf. Homilía del Jueves Santo 5 de abril del 2012)
Superar nuestra soberbia es una obligación, especialmente porque si el humilde es imagen del Señor, el soberbio es la fiel imagen del maligno. La soberbia no es compatible con el cristianismo. Pues nadie se puede gloriar de sí mismo, excluir a Dios y a los otros y llamarse seguidor de Cristo. Caeríamos en una hipocresía creyéndonos buenos cuando en verdad somos pésimos.

Para superar nuestra soberbia o en su defecto controlarla, debemos asumir nuestra nada para emprender la búsqueda del todo. Querer que mi voluntad siempre concuerde con la de Dios, a pesar de lo difícil que esto sea. Alegrarme por las virtudes del otro y aceptar las falencias de este con caridad. Poner al servicio de la comunidad mis cualidades y superar el egoísmo. Ver al otro como mi hermano y no como mi enemigo.
O en su defecto seremos lo mismo que hemos criticado en nuestra Iglesia, el clericalismo que nos hace creernos de otra estirpe, que nos hace creernos superiores, que hace que nos olvidemos de nuestras raíces, que nos hace ser distantes, secos y excluyentes, siendo selectivos buscando apacentarnos a nosotros mismos, aspectos que nos impide mostrar el rostro de Cristo.

Como indica el Papa Francisco: la soberbia y orgullo no permiten a las personas reconocer la salvación, estos pecados son un muro que impide la relación con Dios y con los otros. (Audiencia General del 13 de Abril del 2016)

Por ello examinemos cuán soberbio soy, y pidámosle al Señor la gracia de ser humildes como Él, de que nuestra voluntad sea de acuerdo a sus ideales. Y que podamos ser como el profeta Abdías un sirviente de Él.

Gustavo Morales Solarte

I de Teología